La lluvia llena de lágrimas los vidrios de una humanidad que hay días en los que no existe.
Días que se convierten en noches de lobos solitarios sorteando charcos en una ciudad de cemento que voga por no ahogarse de tanta angustia guardada.
Mientras un bichito camina por mi tobillo en el colectivo que me lleva de regreso a casa, me pregunto si es que el universo se convirtió en un agujero negro fuera, ya que está todo a oscuras. Fuera pareciera no haber siquiera almas con luz propia.
Un transporte que se convierte en refugio de almas apachuchadas con tanta agua.
Todo, para terminar en un: "me dejás acá, gracias" y llegar a peumayen y ver los vidrios mojados por donde a la mañana veía salir el sol.
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