martes, enero 19, 2016

Un burro de peluche

Esto puede llegar a ser como una moneda de dos caras. Podés leerlo desde el lado de la razón, y pensar que es netamente insensible. O podés leerlo desde el lado de las emociones maduras, y sentir que está lleno de ternura.

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Cuando era chico, muy chico, tenía un burro, un peluche. No era muy funcional, pero era de esos típicos amigos imaginarios que uno se hace de la infancia y que jugás interminablemente. De esos que uno se hace inseparable.
En una mudanza, aprovechando la situación, mi madre aprovechó para tirarlo a la basura. Aprovechando porque ya estaba todo apolillado (según me dijo). Siempre me quedó el recuerdo triste de no recuperarlo más a ese burro.

No debería haber días tristes ... es lo mismo que impediría que haya días alegres, porque serían todos iguales.
Deberían ser todos los días de nacimientos, de piojitos enanos que nos roban sonrisas con tan solo mirarnos y sonreir. No debería haber días en que uno se tenga que despedir de gente hermosa.
Muchas veces, y porqué no, la mayoría de la vida nos la dicta la razón. Los sentimientos los contenemos para ser más eficientes. Para "sufrir menos". Para sobrevivir. Para escapar de la vergüenza, darle lugar y excusa a los miedos para poder superarnos ... (superarnos de qué?) El amor es tan simple, carece tanto de razón ... no importa si es más o menos tiempo, no mide. Siempre tiene compasión. Y es esa compasión que no importa si estuvo 5 horas, o 5 años al lado de un amigo, en silencio cebándole mate o tan solo en silencio a la distancia; tan sólo dejando vivir y estando al lado, acompañando compartiendo vida sin querer cambiarla, aceptando ...
No importa la cantidad. Y hasta no importa la calidad, porque el amor, las emociones, no saben distinguir entre el abrazo más fuerte del que vive a la vuelta de tu casa y el llamado a última hora desde el otro lado del mundo. Porque siente, y sabe realmente, el valor relativo de cada cosa, cada acción ... logra poner en la balanza de Anubis y encontrarle el verdadero valor absoluto a cada cosa. .... simpre y cuando la razón no meta la pata. No meta la pata y traiga a la envidia, los celos.
Y es ahí donde entran los para siempre, los "nunca" ... si hay amor, no hay un siempre que alcance, porque si es verdadero no tiene necesidad de medir distancias ni tiempos. No tiene qué ocultar ni mentir, es confianza pura.
Es increíble, pero un alma, un corazón, en estado puro todas las situaciones adversas que puede resistir y aguantar.
Entre todo esto, entra el querer aferrar para siempre. Algo casi totalmente opuesto al amor. Opuesto a la vida. Porque la vida son ciclos, y un gran ciclo.
Una de las últimas balas de plata de mis cuadernos, es una frase de Yoda, diciendo: "Entrénate para dejar ir todo aquello que temes perder". Es casi el secreto de la liberación, de soltar ataduras. Poniendo un poco de filosofía racional, hay despedidas que no son naturales. Pero creo que aplica el mismo principio ... pero con mucha mayor fuerza de voluntad.
Ciertamente no estoy escribiendo sobre banalidades materiales racionales como de perder un burro de peluche de la infancia. Porque para esas cosas el corazón y el espíritu son sabios, y las saben tan sólo pasatiempos y vehículos para llegar a otros corazones, a otras almas.
El alma y el corazón no guardan en su emotividad rencor por las despedidas, ni por un final. Empiezan a juntar lágrimas de tristeza cuando ven que la razón, la mente, venció y hubo almas que no tocaron, palabras que no se dijeron, caricias y abrazos que no se dieron, juegos que no se compartieron, momentos que no se vivieron.
Dicen por ahí que para lo único que no hay solución es a la muerte. No estoy de acuerdo. Esa es la opinión de un pensamiento egoístamente racional. Lo que no tiene solución son esas personas que no conociste realmente, esas palabras que no dijiste, esas caricias y abrazos que no diste.



PD: Es trillada, pero siempre creí que la carta de San Pablo a Corintios no tiene desperdicio:

Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si me falta el amor sería como bronce que resuena o campana que retiñe.
Aunque tuviera el don de profecía y descubriera todos los misterios y la ciencia entera, aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta el amor nada soy.
Aunque repartiera todo lo que poseo e incluso sacrificara mi cuerpo, pero gloriarme, si no tengo amor, de nada me sirve.
El amor es paciente y muestra comprensión. El amor no tiene celos, no aparenta ni se infla. No actúa con bajeza ni busca su propio interés, no se deja llevar por la ira y olvida lo malo.
No se alegra de lo injusto, sino que se goza en la verdad. Perdura a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo.
El amor nunca pasará. Las profecías perderán su razón de ser, callarán las lenguas y ya no servirá el saber más elevado. Porque este saber queda muy imperfecto, y nuestras profecías también son algo muy limitado;  y cuando llegue lo perfecto, lo que es limitado desaparecerá.